PINCELADAS SOBRE LA INTERVENCIÓN EN LOS TEA

1.La estructuración del entorno

Serie de monográficos sobre la intervención en los TEA

Carme Fernández, psicóloga especialista en intervención en TEA, 12/10/2016

Ya lo dijo Angel Riviere hace muchos años, que el nivel de estructuración del entorno para la intervención en el autismo debe de ser el mínimo posible. Sí, “la mínima estructuración posible”. ¿Y eso cuánto es? Pues la respuesta es depende. Depende de muchos factores, y eso significa que no podemos simplificar ni generalizar un grado de estructuración determinado solo por tener Autismo. Lo realmente importante en esta cuestión no es la cantidad de estructuración, sino hacia dónde debemos tender en cuanto a ella. Nos situamos entonces en una dimensión dinámica y evolutiva que debe orientarse en el tiempo a lograr el máximo nivel de adaptabilidad con “la mínima estructuración del entorno posible”. Por lo tanto debemos huir de afirmaciones o categorizaciones que nos inmovilicen y nos impidan viajar en la búsqueda de la mínima artificialidad y mínimo orden dentro de la expresión natural y a la vez cambiante y no estática de los entornos o ambientes diversos en los que vivimos y participamos.

Todo esto aplicado a la práctica se traduce en varias cuestiones que voy a intentar clarificar:

Decir categóricamente y de forma generalista que la intervención en autismo debe conllevar “una estructuración del entorno”, o “una simplificación de los estímulos del entorno” para atenuar algunos de los síntomas de los TEA como la resistencia a los cambios o la falta de flexibilidad mental, y la sobre-estimulación sensorial entre otras, limita las posibilidades reales de los efectos de la intervención en la capacidad de adaptabilidad de la persona con autismo. Es más, un exceso de “estructuración” o de “reducción de estímulos” puede ser contraproducente y marcar una tendencia que nos conduzca inexorablemente a la dirección contraria a la deseada. El efecto contrario se produce precisamente porque la propia rigidez mental hace que la persona se adapte y se acomode a lo excesivamente ordenado, estructurado, pobre de estímulos y poco o casi nada cambiante. Esta nueva circunstancia va a suponer un paso atrás, ya que cualquier mínima alteración que se produzca en dicho sistema integrado de persona-ambiente, generará reacciones cada vez más inflexibles. En definitiva, la rigidez nos obliga a cada vez más estructurar el entorno, por su propia inercia y carácter. Y esto es en lo que debemos intentar no caer, lo cual a menudo no es nada fácil, y mucho menos si no se cuenta con la orientación de un profesional experimentado. El mundo que nos rodea sobre todo en lo referente a la dimensión social es altamente imprevisible o cambiante, por mucho que intentemos controlarlo. Por ello es necesario dotar a la persona con TEA ,en lo máximo que sea posible, de la máxima flexibilidad y adaptabilidad al mismo. Y esto se consigue mediante “aproximaciones controladas” hacia el caos. Lograr la máxima acomodación posible entre la persona y el dinamismo del entorno. Y ¿cuál va a ser nuestra herramienta más importante para ello? A veces no hace falta buscar muy lejos para encontrar aquello que buscamos puesto que lo tenemos bien cerca y accesible: la propia rigidez de la persona con autismo es la clave. La rigidez a menudo se simplifica como una resistencia a los cambios, y evidentemente aquí estamos hablando de que una persona con alto grado de rigidez precisamente aumente su capacidad adaptativa a los cambios (entre los que puede encontrarse una sobre-estimulación ambiental ) ¿gracias a esa misma rigidez? La respuesta es sí. ¿Y cómo? La explicación pasa por entender que la rigidez puede implicar resistencia a los cambios de muchas formas posibles, es decir, que se puede manifestar en “patrones” bien diversos. Tender a permanecer en un entorno o sistema estable no significa que dentro de este sistema no puedan producirse cambios e incluso el caos. Así pues según el tipo de intervención que realicemos en cuanto al nivel de estructuración del entorno obtendremos dos posibilidades que se situarían en los dos extremos de un continuo:

La primera se generaría a partir de una alta estructuración del entorno, y daría como resultado una alta resistencia a los cambios, lo cual no es nada adaptativo. Y en el otro extremo obtendríamos lo contrario, es decir, una alta resistencia a “la estabilidad artificial”, o a lo que por contraposición podríamos denominar a los “no cambios”, y vendría generada por una mínima estructuración del entorno. Dicho planamente, conseguir que la rigidez bloquee y obstaculice lo estático, lo que no cambia, lo predecible, porque se haya acostumbrado a lo cambiante, a lo caótico, a lo impredecible. Es otro tipo de patrón rígido, pero mucho más adaptativo a nuestra realidad, a nuestro mundo.

La intervención temprana en el autismo debe tender a lograr ese patrón que no desee salir de su estatus de cambio, lo más rápido posible, dentro de las opciones que nos ofrezca el sistema formado por la persona y el entorno, que en cada caso puede ser diferente. Lograr el máximo grado de adaptación a los cambios lo más rápido posible implica manejar estrategias en entornos naturales que lo hagan posible, superar barreras emocionales de la persona en sí y de las que intervienen y sobre todo perder el miedo que genera la propia resistencia, que a menudo inmoviliza a todo el entorno. Y para ello ,repito ,es necesaria siempre la orientación y supervisión de un profesional con experiencia en la materia. Cuando el patrón de rigidez es el propio cambio, la propia rigidez se convierte en nuestra aliada. “Tender” a este patrón no significa conseguirlo de forma absoluta, simplemente aproximarnos en lo máximo que nos sea posible, y en ello debemos invertir nuestros esfuerzos y recursos.

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